¿Cuánto vale mi trabajo? Guía gratuita para emprendedores

Todas las semanas nos llegan consultas por diferentes medios con la pregunta sobre el valor del trabajo o un producto en particular. En esta nota, respondemos algunas de esas preguntas y, además, dejamos un regalo con herramientas para emprendedores.



Muchas veces es difícil traducir en valor lo que uno hace, ponerle un precio. Especialmente, las primeras veces. Nos encontramos con miedos, dudamos y el resultado de ello es, en ciertas ocasiones, poner un precio más bajo de lo que nos gustaría o debería ser.


¿Por qué sucede esto? Los motivos que encuentro más comunes son:

  • no saber en qué basarse para poner un precio;

  • no confiar en los servicios o productos propios;

  • necesitar que acepten sí o sí el presupuesto (como siempre digo, todos sabemos dónde nos aprieta el zapato).

Más allá de las necesidades concretas de cada uno, hay algunas herramientas que dan un marco de referencia a la hora de poner un precio. Los dos más importantes son las siguientes:


1. El costo de nuestra materia prima


No puede haber un precio final sin un costeo de todos los ingredientes que utilizamos para realizar una receta. Saber hacer un costeo es algo básico para cualquier emprendedor.


Cuánto gastamos exactamente en materiales nos permite saber, por ejemplo, hasta cuánto podríamos bajar el precio de venta. Analizar una receta y modificarla por completo nos permite pensar también en cómo cubrir costos y definir otro método a la hora de hacer las compras.


2. A partir del precio del mercado


El precio de la competencia es otra de las patas donde generalmente nos apoyamos a la hora de ponerle valor a nuestro trabajo y está muy bien. Siempre recomiendo tener en cuenta un detalle clave: saber muy bien quién es nuestra competencia.


Quiero decir que, si vendemos tortas de chocolate, nuestra competencia no serán todos los pasteleros o establecimientos que venden tortas de chocolate. Serán aquellos que peleen en mi mismo segmento, es decir, por los mismos clientes.

Entonces, de la misma manera que identificamos a nuestra competencia, identificamos a nuestro público objetivo. Y aquí llegamos a la clave de la cuestión: debemos saber a quienes vendemos. Quiénes son nuestros clientes.


Pasando en limpio, hay muchas variantes en las que nos podemos basar a la hora de poner un precio a un producto. Y si a ellas les sumamos dudas tales como “¿quién soy?”, “¿cuánto gasté en mi formación?”, “¿tengo ganas de realizar este trabajo?” y tantas otras, podemos hacernos un lío, confundirnos más.


En conclusión, tener hecho un buen costeo y estar atento a los precios de mercado es una buena manera de comenzar.

Ahora sí, ¡el regalo!


Te dejamos aquí una pequeña guía descargable y gratuita con los primeros pasos para hacer un costeo que va a ser de mucha ayuda.


Solo tenés que hacer click aquí ➡ ¿Cómo costear una receta? Primeros pasos.


¿Y vos? ¿Me contás en base a qué le pones valor a tu trabajo?